De espejos y laberintos

En la Montaña del Horror mora un hombre tan sabio que no tiene ninguna certeza. El es el único que sabe cómo salir del Laberinto.

Pero ha jurado no revelar jamás el secreto. En lugar de eso, a los muchos aventureros que buscan la salida les ofrece palabras de ánimo y una pregunta. Mostrándoles un viejo espejo roto, les pide que miren en su interior y encuentren por sí mismos la salida del Laberinto. El espejo muestra felices a los que sufren, y a los alegres los refleja desdichados. A todos ellos les pregunta:

- Prefieres sufrir, o ser dichoso?

El ojo muerto

briznas de hierba en la puntera de una bota. manchas de carmín y vómito en un pañuelo de papel. miríadas de gritos de dolor. los discípulos desclavando el cuerpo muerto de cristo a hurtadillas.

una margarita tirada en una autopista. un vaso con hielo que se funde al sol. un fusible quemado por una sobrecarga. todos los decimales de pi escritos en un post-it.

océanos de consuelo no aliviarán mi carga.
dieciocho veces ochenta diablos no podrán tragar mi carne putrefacta.

siempre desearé ser libre ?.

Melodía de un hombre gris

soñé a solas
perdí el tiempo
creí en la nada con furia
dejé a un lado los imposibles

bebí de un charco
donde vi un rostro
jugué con piedras
calentadas por el sol

dormí junto a un árbol
caído por el viento
sentado en el arcén
miré los coches pasar

saco mil fotografías
de cubos de hielo sintéticos
y les escribo poemas
para aprender a amar

y pinto un futuro del que no tenga que despertar nunca
juego a entretenerme en el más pequeño detalle
me acicalo para gustar a quien tú llamas suerte
renegando de la nada en la que crecí

La cura

Ayer
soñábamos con luces de norias y fiestas
Y nos rompíamos entre risas
sin preocuparnos de nada más

Hoy
cocinamos bien todos esos recuerdos
y los servimos en plato de oro
para alimentar a los viejos leones

Y somos tan felices
Saludamos a los otros cadáveres
y paseamos por los pantanos
siempre ocultándonos de la dañina luna

Porque ni tú, ni yo
fuimos nunca dueños de nuestro tiempo
y los momentos nos llovían
una gota buena, una gota menos buena

Pero mañana
agarrando nuestras vidas por el pescuezo
enseñaremos a los leones
que hemos venido a ocupar su lugar

Amanecer

-Qué miras?

-Nada… el infinito, supongo.

-Pues déjalo. Ya he mirado allí; solo verás tu propio trasero.

El sol iluminaba sombríamente la arena de la playa y el rumor del mar parecía atenuarse con las primeras luces del alba. El aire estaba frío y la lágrima en la mejilla de la chica se secaba y moría lentamente.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, con la mirada en el horizonte.

El se acercó y se sentó a su lado.