Escondidos en las faldas de la noche
con los dientes rechinando en los puñales
nuestra ansia de matar es un derroche
pues los odios ancestrales son letales.
Deseando que se rompa ya el sigilo
y que sea reemplazado por las llamas
inclinados sobre las primeras almas
comenzamos a cortarles ya los hilos.
La alarma se dispara a voz en grito,
silencioso, pues los muertos,
moran junto a los dormidos
y los sacan asustados de sus sueños.
Apostamos nuestras vidas
contra cuatro, contra ocho malnacidos
y aullando para ésto hemos venido
reflejamos el terror en sus pupilas.
Y cubiertos por pétalos de rosas
coronamos con nuestros cuerpos las fosas
profundas, gloriosas, que hemos excavado;
nuestro sangriento diezmo ha terminado.
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